viernes, 28 de marzo de 2014

Una obra majestuosa.

Recordando  unas de las cosas que más me han gustado en ETO, aparece una obra de teatro que tuvo lugar en el Centro Cultural GAM. La obra montada por José Luis Vidal se titulaba: “Rito de Primavera”. Valió la pena más de lo que se percibía. Fue simplemente una actividad espectacular.
A continuación compartiré con ustedes un fragmento de un ensayo que relata las sensaciones y emociones percibidas por el grupo que me acompañó a ver la obra:


“El lugar es maravilloso. El arte fluye en cada milímetro de cobre recubierto sobre los próximos estrenos, y el detalle del atardecer hace brillar un hermoso muro repleto de dedicatorias, algunas anónimas.
Caminando a la sala de la obra, con más entusiasmo del esperado, nos damos cuenta de que esta obra es mucho más de lo que esperábamos. Nunca había visto algo así.
Nos  vemos sorprendidos por el juego de sensaciones que se destinan a nuestro rol.
Nuestros pies han quedado cautivados tras pisar la suave y fría arena.
Tomándonos de las manos recorremos una senda oculta bajo las capas de la oscuridad de una manera precavida y llamativa, generando incertidumbre en nuestras almas mientras un suave y dulce rocío, similar al agua, nos llama a participar de una manera inevitable en la obra.
Aún sintiendo incertidumbre, nos ubicamos en nuestros lugares y esperamos el inicio de la representación. Sin embargo, no logramos captar el comienzo de la obra hasta que diversas figuras humanas han sido iluminadas por un tenue rayo de luz naranja. Estupefactos al darnos cuenta de la desnudez de los actores, damos paso a la vergüenza, a la observación, a la risa y al descubrimiento de la distinción de la forma de cada persona en un aspecto físico.
Sentimos miedo al no conocer el rol que jugábamos, debido al fuerte contacto visual y a la penetración de nuestro espacio privado.
Cuando escuchamos un fuerte estruendo, nos sobresaltamos y tranquilizamos al ver que los actores se vestían, dando inicio a una serie de escenas copadas de expresiones corporales, emocionales y sensitivas.
La belleza y majestuosidad del movimiento en libertad bajo el control de una coreografía implícita marca el desarrollo del instinto humano, nos enamora.
Escucharlos cantar nos lleva a la plenitud de una beldad propia de nuestro interior desconocido combinado con la extrañeza que sentimos al no comprender todos los significados de los bailes y gritos.

Existe tensión, los bailarines se acercan a nosotros y nos invitan a bailar. De una manera avergonzada, pero a la vez participativa, nos unimos a la carismática danza, dejándonos llevar por el ritmo de la pieza musical. La relajación empieza a ocupar nuestro ser, logrando unirnos al ritual.
La obra está dando cierre y nos encontramos inmersos en la naturaleza. Engatusados  por los sonidos de aves, insectos, corrientes de aire, caídas de agua, roce de plantas, perdemos la noción del tiempo y espacio, renaciendo desde la forma más pura en un nuevo despertar, abrimos los ojos y nos damos cuenta de que es primavera”.





jueves, 27 de marzo de 2014

La magia de una careta.

No he tardado en adaptarme a este mundo universitario, las actividades que realizamos durante la “Semana Mechona” me traducen que la vida de un estudiante consta de ámbitos que abarcan más que sólo el área académica. Esto también nos lo han enseñado en nuestra primera semana oficial de clases en relación a nuestra profesión.
El ser humano es un individuo óptimo al desarrollo tanto personal como colectivo, es un ser integral en constante cambio íntimamente relacionado con la naturaleza de sus actos.
La introducción a mi carrera luce prometedora en todos los sentidos. Cada vez que me dirijo a la escuela, una sensación de paz se apodera de mí, tratando de cautivarme bajo un ambiente pleno y equivalente a la naturaleza. Estos momentos de relajación son necesarios cuando uno se ve inmerso en toda clase de pensamientos que te distraen de tus responsabilidades y prioridades. Creo que a todos nos pasa de vez en cuando.
Espero una nueva sesión de ETO, el sol cede ante el cambio de temporada reciente y los árboles adornan de manera majestuosa e irregular un fondo celeste sobre mí. El programa informa la confección de unas máscaras que deberían reflejar nuestra personalidad, y me parece fantástico poner a prueba mis habilidades artísticas.
Nuevamente, a la hora de entrar, se presentan diversos materiales. En este caso, servirán para cubrirnos la cara de vendas para moldear nuestros rasgos lo más cercano a la perfección propia.
Luego de oír las instrucciones, conformamos grupos y empezamos a humedecer las tiras de yeso para unirlas a nuestro rostro. Me tumbo en la mesa junto a Manu y nuestras compañeras empiezan la acción.
Se siente tan extraño, no acostumbro a cubrir mi rostro, me desespera en cierto sentido. Sin embargo, dejo de luchar contra el nerviosismo y me dejo llevar por la técnica que imparten las manos sobre mi cara.
Está muy frío y evito las carcajadas a toda costa, ya que no quiero arruinar la paciencia y dedicación de mis compañeras. Es relajante y aguanto el ímpetu de echar una siesta, pero cuando abro los ojos, ya han terminado con “mi tratamiento facial”.
Sólo soy capaz de emitir sonidos que se ahogan en vagos intentos de palabras, y cuando una niña busca papel higiénico, me acerco a ella, le doy un poco y le genero una sonrisa a causa de mi rostro cubierto.
Ya es hora de sacarse el molde. Con cuidado remuevo la dura capa de yeso que parece tener una forma irregular, pero cuando la veo, me impresiona el parecido que tiene a mis rasgos. No puedo dejar de tocarla. Pienso en que de esta forma debo verme para los demás, es decir, veo cierta parte de mí desde un punto de vista totalmente nuevo. Es asombroso.

La clase termina y todos parecen contentos con sus máscaras. Ahora sólo falta esperar a pintarlas para que logren distinguir la personalidad de cada uno, porque al fin y al cabo, el objetivo de esta clase es conocerse a sí mismo.



jueves, 13 de marzo de 2014

Así comienza...

Ha pasado un poco más de una semana desde que empecé la universidad. Estoy sentado en el patio central, el sol choca en mi rostro y espero  entrar a una nueva clase que me ha llamado la atención desde hace un tiempo. Aunque el ingreso hacia este nuevo mundo universitario tenga las puertas honrosamente abiertas, me siento más pequeño al no entender cómo funciona este laberíntico sistema. A veces pienso que no estoy listo para esto, otras veces me parece absurdo cuestionar de manera tan crítica lo que aún no ha pasado, pero de lo que sí estoy seguro, es que mi opción para convertirme en terapeuta ocupacional tendrá un fin, un fin colectivo, algo que ayudará al mundo.
Todos comienzan a ingresar a un salón a la hora señalada. Acabo de almorzar y estoy satisfecho, sin embargo estoy algo pensativo. Pienso en mis estudios, en si realmente la Terapia Ocupacional será para mí. Mis ramos son bastante simples, pero no me dejo guiar por las apariencias y espero lo mucho que tendré que hacer; me estresa pensar en que dentro de unos días estaré estudiando algo nuevo que pueda arriesgar el avance de mi rendimiento.
Me encuentro observando los detalles de la pared cuando de repente aparece una persona con el pelo alborotado, deja su bolsa y una pila de papel en el escritorio que la espera sobre la tarima. Al parecer es nuestra profesora de “Terapia Ocupacional y Estrategias de la Intervención I” (me referiré a esta clase como “ETO”, ya que el nombre roba muchas palabras para mi primera entrada).
 No puedo dejar de observar a mi profesora de ETO, tiene algo en los ojos que me maravilla. Es capaz de unir íntimamente los lazos de la expresión verbal y corporal, su voz enérgica y la proximidad que tiene hacia sus estudiantes me parece un tanto sutil, pero a la vez un acto de respeto. Esto me hace pensar que realmente vive su vocación como terapeuta, siento admiración por ella al saber que es capaz de dar vida a los que la necesitan, porque ya saben, aquí a muchos les hace falta un empujoncito.
Luego de la introducción del ramo, nos entregan un cuestionario acerca de nuestros datos personales y aspectos de vida. Lo relleno con cuidado y me dirijo a la escuela para comenzar nuestra primera actividad.
Dios, es dibujo a mano alzada, lo que me apasiona. Salto de alegría y contengo la respiración intentando alcanzar todos los materiales necesarios para empezar a trazar líneas de pasión. Intento dejar fluir parte de mi imaginación, pero es muy poco el tiempo que me dan para cubrir de colores y texturas un pliego de cartulina.


Ha sido una obra incompleta, pero parte de ella me deja satisfecho. Ha terminado mi primera clase y observo tranquilamente el escenario cubierto de pinturas que expresan parte de cada compañero. Estoy feliz y entusiasmado con el inicio de una nueva semana, porque al parecer, las cosas no saldrán tan mal como creía…