Ha pasado
un poco más de una semana desde que empecé la universidad. Estoy sentado en el
patio central, el sol choca en mi rostro y espero entrar a una nueva clase que me ha llamado la
atención desde hace un tiempo. Aunque el ingreso hacia este nuevo mundo
universitario tenga las puertas honrosamente abiertas, me siento más pequeño al
no entender cómo funciona este laberíntico sistema. A veces pienso que no estoy
listo para esto, otras veces me parece absurdo cuestionar de manera tan crítica
lo que aún no ha pasado, pero de lo que sí estoy seguro, es que mi opción para
convertirme en terapeuta ocupacional tendrá un fin, un fin colectivo, algo que
ayudará al mundo.
Todos
comienzan a ingresar a un salón a la hora señalada. Acabo de almorzar y estoy
satisfecho, sin embargo estoy algo pensativo. Pienso en mis estudios, en si
realmente la Terapia Ocupacional será para mí. Mis ramos son bastante simples,
pero no me dejo guiar por las apariencias y espero lo mucho que tendré que
hacer; me estresa pensar en que dentro de unos días estaré estudiando algo
nuevo que pueda arriesgar el avance de mi rendimiento.
Me
encuentro observando los detalles de la pared cuando de repente aparece una
persona con el pelo alborotado, deja su bolsa y una pila de papel en el
escritorio que la espera sobre la tarima. Al parecer es nuestra profesora de
“Terapia Ocupacional y Estrategias de la Intervención I” (me referiré a esta
clase como “ETO”, ya que el nombre roba muchas palabras para mi primera
entrada).
No puedo dejar de observar a mi profesora de
ETO, tiene algo en los ojos que me maravilla. Es capaz de unir íntimamente los
lazos de la expresión verbal y corporal, su voz enérgica y la proximidad que
tiene hacia sus estudiantes me parece un tanto sutil, pero a la vez un acto de
respeto. Esto me hace pensar que realmente vive su vocación como terapeuta,
siento admiración por ella al saber que es capaz de dar vida a los que la
necesitan, porque ya saben, aquí a muchos les hace falta un empujoncito.
Luego de la
introducción del ramo, nos entregan un cuestionario acerca de nuestros datos
personales y aspectos de vida. Lo relleno con cuidado y me dirijo a la escuela
para comenzar nuestra primera actividad.
Dios, es
dibujo a mano alzada, lo que me apasiona. Salto de alegría y contengo la
respiración intentando alcanzar todos los materiales necesarios para empezar a
trazar líneas de pasión. Intento dejar fluir parte de mi imaginación, pero es
muy poco el tiempo que me dan para cubrir de colores y texturas un pliego de
cartulina.
Ha sido una
obra incompleta, pero parte de ella me deja satisfecho. Ha terminado mi primera
clase y observo tranquilamente el escenario cubierto de pinturas que expresan
parte de cada compañero. Estoy feliz y entusiasmado con el inicio de una nueva
semana, porque al parecer, las cosas no saldrán tan mal como creía…




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